miércoles, octubre 12, 2005

Forcalquiera que se lo cuentes...

El 7 de agosto, como ocurre normalmente cada día de mi vida, el hambre me despertó.
Lara todavía babeaba plácidamente la capucha de su saco, de modo que me incorporé sibilinamente y, moviéndome como los indios, me abrí paso fuera de la tienda.

Estiréme grotesca y sonoramente, tratando de recuperar los centímetros (de altura) que había perdido durante la noche en forma de escoliosis. Cuando hube terminado de reorganizar mi esqueleto, me dirigí a la entrada del camping, siguiendo un rastro olfativo inconfundible: pan.
De camino, saludé a Aki, nuestro vecino de tienda y quedamos en subir a las rocas a las 15:00 hora zulú.


Cuando entré en recepción, la jefa del camping parloteaba alegremente con Thor, así que me entretuve oliendo pan y estudiando los mapas que colgaban de las paredes. Poco después, el germano de poblados bigotes jaleaba a sus cabras camping arriba y Mademoiselle Camping (¿cómo se llamaba, lara?) salió del mostrador para acercarse también a los mapas.
- Nos gustaría explorar los alrededores hoy por la mañana... ¿qué nos recomendarías?
Tomé nota de un montón de nombres impronunciables (oh cielos, nunca encontraremos el camino de vuelta...) escogí un par de barras de pan y, besando caballerosamente su mano, le di las gracias y me dispuse a marcharme.

- Wait a moment! Please, first you should move your tent, is too close to your neighbours'!
- Aaaaagh! Otra vez tengo que montar la tienda???

Probablemente influidos por el hacinamiento del último camping, habíamos emplazado nuestra canadiense demasiado cerca del hogar de unos franceses, de modo que se seguiría cumpliendo la Ley de la Piqueta: Pincharás tu tienda una vez al día como mínimo y, como te pongas tonto, dos.


Comuniqué las buenas nuevas a Lara, y con la inestimable ayuda de Yoshii, no tardamos en mudarnos un par de metros más a la derecha. Como es algo tímido, usamos el método Jordi para la foto del recuerdo.


Ya estamos otra vez en el coche. Primera parada de la ruta turística mañanera: Forcalquier.
Cuando llegamos, el pueblecito rebosa animación, por la Foire à la Brocante que se celebra los domingos de julio y agosto. Me veo arrastrado a un largo periplo de mercados y puestecitos por mi entusiasmada hermana, que corretea feliz de un lado a otro en busca de tesoros.
Yo me entretengo haciendo fotos a las antigüedades. Algunas provocan que sonría para mis adentros.


Seguimos vagando sin rumbo por las concurridas calles. Yo sigo riéndome solo (ésta es para muy cafeteros) y Pilar me mira, hasta las narices de mi "humor propio". Juasjuas.


En cada plaza, en cualquier rincón, un nuevo mercadillo. Los vecinos forcalquieros exponen todo tipo de cacharros a la vista de los transeúntes. Incluso colocan mesas con comida y bebida entre los puestos, donde charlan animadamente a la espera de los clientes.


Debido a mis andares de turista despistado, por poco dejo pasar una perla de sabiduría que estaba escondida en una caja: "¡Donde las dan, las toman!" jejeje, más risas interiores. Éste fue el primer refrán en francés que me enseñaron Sarah y Alexia.


Aconsejados por otro guiri, decidimos subir a la Iglesia de Notre-Dame-de-Provence, en lo alto de la colina. Pero antes de abordar las escaleras, debemos vencer al fiero guardián perro-fraguel.


La subida es larga y fatigosa, penitencia merecida por nuestros pecados de gula. Aún así, se nos recompensa con bellas vistas a medida que nos elevamos sobre los tejados.


¡Aaaay, campaneeerooo! Un enorme carrillón de 16 campanas nos da la bienvenida cuando alcanzamos la cumbre. El hábil intérprete nos deleita (¡Mariño, dime algo que me deleite! Pues una vaca, Carmiña, una vaca...) tocando conocidas melodías.


Nuestra Señora Provenzal vive en una iglesia del siglo diecinueve, de planta octogonal, decorada con bonitas figuras talladas en piedra. Pero seguro que lo que más valora la señora son las privilegiadas vistas. En un pedestal, un mapa interpretativo nos indica nuestra posición en el paisaje, incluso muestra hacia dónde tendríamos que dirigirnos para volver a casa y la distancia que hay en linea recta. Mosquis, qué lejos estamos.


Grabamos unos cuantos videos de cachondeo y trotamos alegres en pos de una pastelería. Con tanta penitencia por gula nos ha entrado un hambre... Además, aunque no lo sabíamos aún, necesitaríamos acumular energías para la terrible prueba que se avecinaba: El monasterio de Ganagobie.
Pero eso os lo cuento luego, importantes compromisos sociales me obligan a irme ahora de cañas.

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